Porque lo digo yo. Alberto Banuet

Porque lo digo yo. Alberto Banuet

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Y falta la segunda parte: ¡y te aguantas!

Vaya frase tan poco inclusiva para los jóvenes de hoy, que se están criando sin límites y reglas claras, niños de burbuja.

A veces me pregunto: ¿Cómo sobrevivimos los de mi generación? Los que crecimos en los años 60 y 70, sin psicólogos, sin internet, Instagram ni Facebook a los que subir nuestras historias. Pues no sé, pero muchos seguimos aquí, sanos y fuertes, a pesar de que nos imponían tareas obligatorias, nos hablaban con palabras golpeadas y nos dejaban con hambre. Sí, señor, con hambre de construir, de salir adelante, de superarnos y de ganarnos la vida.

A diferencia de hoy, en el que estamos criando a hijos y nietos con la idea de darles lo que no tuvimos, de ser padres comprensivos y modernos, y en el intento estamos criando niños y jóvenes muy felices, pero poco preparados para enfrentar la vida. Muy débiles, porque les hicimos la vida fácil y ahora no saben levantarse, reaccionar y, a veces, ni siquiera hacer su cama.

Quizá ahí esté nuestra mayor contradicción: quisimos darles todo aquello que nos faltó, pero olvidamos darles algo de lo que sí tuvimos: disciplina, responsabilidades, capacidad para soportar un fracaso y la obligación de resolver nuestros propios problemas. Confundimos muchas veces el amor con la complacencia, la comprensión con la permisividad y la libertad con la ausencia de límites. Y lo peor es que lo hicimos con las mejores intenciones.

Resulta paradójico que precisamente nuestra generación, que tanto se benefició de una educación exigente, haya sido la que decidió dejar de exigirles a sus hijos. Nos quejamos de su falta de disciplina, de su poca tolerancia a la frustración y de su dificultad para enfrentar los problemas, pero olvidamos que fuimos nosotros quienes les allanamos el camino, les evitamos los tropiezos y, en ocasiones, hasta les resolvimos las consecuencias de sus propios errores. Tal vez deberíamos preguntarnos si el problema está solo en los jóvenes o también en quienes los educamos.

En aquel tiempo, en el mío, había reglas claras, y funcionaban. Como las que nos enseñó uno de nuestros profesores de la UNAM, que entendía bien que su materia era árida y que la mayoría jamás incursionaríamos en esa rama de la medicina por lo que, el primer día de clases, nos sentenciaba diciendo que, aunque no aprendiéramos nada de su materia, nos recomendaba aplicar estos sencillos principios durante el resto de nuestras vidas y que "tal vez” llegaríamos a ser personas de bien, lo que demostraba la poca confianza que nos tenía. Sin embargo, sus palabras resuenan hasta hoy y, a fe mía, han servido.

La verdad por delante.
No toques lo que no es tuyo.
No hables de lo que no sepas.
No te metas en lo que no te importa.

Contundente y sin posibilidad de mala interpretación. Y hoy, ni esas.

Tal vez no se trate de volver a educar como antes, sino de recuperar aquello que nunca debimos abandonar: enseñar que la vida tiene reglas, que las decisiones tienen consecuencias y que nadie está obligado a resolvernos los problemas que nosotros mismos generamos y debemos aprender a enfrentar.

Solo reflexiones de un viejo malhumorado.

Alberto Banuet
Ganadero, Padre y Abuelo

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