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La exquisita belleza de morir. Mario Montalvo Ortega
La exquisita belleza de morir. Mario Montalvo Ortega
La muerte tiene mala reputación,
quizá porque jamás se ha defendido.
La acusan de robarnos la existencia,
cuando acaso nos libra de lo eterno.
La vida, tan hermosa y presumida,
se contempla en los espejos del tiempo,
sin advertir que cada nueva arruga
es una firma de lo que hemos sido.
Morir no es siempre una tragedia.
Tragedia es no haber vivido,
haber guardado los besos para mañana,
las palabras de amor para otro día,
y los sueños para cuando hubiera tiempo.
¡Qué curiosa vanidad la nuestra!
Queremos que las rosas nunca mueran,
olvidando que su breve primavera
es precisamente lo que las hace bellas.
¿Quién admiraría un atardecer
si el sol jamás terminara de ocultarse?
¿Quién llamaría milagro a una flor
si permaneciera abierta para siempre?
La muerte, con su exquisita cortesía,
no nos pregunta si estamos preparados.
Llega sin anunciarse, como ciertos invitados,
pero tiene la delicadeza
de no exigirnos conversación.
Y entonces comprendemos, demasiado tarde,
que la eternidad no estaba en los relojes,
sino en aquel instante
en que alguien nos tomó de la mano
y el mundo dejó de tener prisa.
No temo a la muerte por su silencio.
He conocido vivos que callaban más profundamente.
Ni me inquieta su oscuridad:
las estrellas necesitan de la noche
para revelar su belleza.
Quizá morir sea simplemente
devolverle al universo lo prestado:
un poco de polvo,
un poco de aliento,
y esa maravillosa arrogancia
de habernos creído indispensables.
Pero antes de partir,
quisiera cometer una última extravagancia:
agradecerle a la vida sus heridas,
besar las manos que me amaron
y sonreír ante mi propio retrato.
Porque si algo he aprendido
de esta breve y deliciosa aventura,
es que la muerte no le arrebata
su belleza a la vida.
Se la concede.
Y cuando llegue aquella dama,
vestida con la elegancia de lo inevitable,
no le pediré que espere.
Le ofreceré mi brazo,
como corresponde a un caballero,
y le diré con una sonrisa:
—Señora, he disfrutado tanto la fiesta
que casi había olvidado
que también los invitados
debemos regresar a casa.
Y mientras se apagan las últimas luces,
tal vez descubra, al fin,
la más hermosa de las paradojas:
Que la vida es bella porque termina,
y el amor es eterno
porque no sabe terminar.













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