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La última enseñanza
La última enseñanza
El maestro llevaba varios días sin levantarse de su lecho.
Sus discípulos permanecían a su lado, en silencio. Afuera, el jardín comenzaba a florecer.
El más joven, incapaz de contener las lágrimas, le preguntó:
—Maestro, ¿no tienes miedo de morir?
El anciano sonrió.
—¿Tuviste miedo de nacer?
—No lo recuerdo.
—Yo tampoco.
Otro discípulo, que había pasado su vida buscando respuestas,
preguntó:
—¿Y qué será de todo lo que nos has enseñado cuando ya no estés?
El Maestro señaló un árbol junto a la ventana.
Sus ramas se mecían suavemente con el viento.
—¿Ves sus hojas?
—Sí, Maestro.
—Pronto caerán.
—Pero el árbol seguirá viviendo.
El anciano cerró los ojos, satisfecho.
Al caer la tarde, pidió que abrieran la ventana. Entró una brisa
perfumada de jazmines.
—Maestro —susurró el más joven—, ¿qué debemos hacer cuando te
hayas ido?
El anciano tomó su mano.
—Vivir.
Y murió con una sonrisa tan serena que ninguno se atrevió a romper
el silencio.
Los discípulos lloraron.
Pasaron las estaciones.
Una mañana, el más joven descubrió una pequeña flor creciendo junto a la tumba.
Se arrodilló para contemplarla.
Entonces comprendió.
Habían pasado tantos años aprendiendo del Maestro a prepararse para la muerte, que casi habían olvidado aprender a vivir.
Aquel día dejó de visitar la tumba para buscarlo.
Había descubierto que el Maestro no estaba donde había terminado su vida, sino en cada instante en que ellos
comenzaban a vivir la suya.













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